Rosa no quería dejar sus macetas. Marina le prometió que el agente dejaría a alguien en la puerta. Metieron en una bolsa de tela el álbum, las medicinas y un sobre que Rosa tenía debajo de la bandeja del pan: la oferta vieja por el lote, rechazada, con el nombre de Eden Holdings en la esquina. Patricia lo comparó con la transferencia de los ciento ochenta mil.
—El mismo sello —dijo—. No es una casualidad de madres preocupadas. Es un camino. El lote de Rosa era el ensayo. Tu casa, Juana, es la obra grande.
Fuimos a una clínica pequeña que Patricia conocía, no al hospital del centro. Una doctora llamada Elisa me examinó detrás de una cortina. Habló poco y apuntó mucho. El labio necesitaba puntos pequeños. La mandíbula, hielo. Las costillas, una radiografía. No había perforación, dijo, pero sí un golpe que no se inventa con una caída contra el borde de una mesa. Me pidió permiso para entregar su informe a la abogada. Se lo di. Por primera vez en muchas horas dejé que alguien me tocara la cara sin encogerme del todo.