—No podía decirle que seguía viva con todas las letras —explicó—. Si Rosa lo repetía en el mercado, Eden lo oía. Le mandaba recados. Que comiera. Que no firmara nada. Que la nieta que no tuvo no era una razón para vender el lote.
Yo pensé en mi abuela y en la llave del gancho. Pensé en los casi cuatro millones que Patricia había nombrado en mi cocina y en los ciento ochenta mil que ya habían salido de una cuenta con mi nombre hacia Eden Holdings. El mismo apetito, otra casa, otra mujer a la que habían intentado borrar para que la firma quedara libre.
—El certificado dice que moriste tres semanas después de negarte —dijo Patricia—. El beneficiario del seguro era Eden. Si estás viva, ese cobro es una mentira con fecha. No necesito que me cuentes cómo lo armaron. Necesito que un médico confirme tu identidad y que Rosa no se quede sola esta tarde.