Pero aquella noche comprendí que ninguna cantidad de sacrificios puede obligar a alguien a respetarte.
El respeto tiene que existir incluso cuando no hay dinero.
Incluso cuando la ropa es sencilla.
Incluso cuando la otra persona no tiene un cargo importante.
Y especialmente cuando creemos que nadie está mirando.
Adrian pensó que podía humillarme porque yo no tenía poder.
Se equivocó.
Pero su mayor error no fue desconocer que yo era la presidenta de Vanguard Dominion.
Fue creer que una mujer sin fortuna visible, sin ropa costosa y sin contactos importantes merecía ser tratada como una vergüenza.
Si realmente hubiera sido una esposa desempleada, lo que hizo habría sido igual de cruel.
Y mi dignidad habría valido exactamente lo mismo.
Aquella noche entré a la gala con un vestido de París y diamantes de 50 millones de pesos.
Pero lo más importante no fue cómo me veía.