Busqué entre mis correos.
Encontré una confirmación bancaria enviada a una dirección que Andrew utilizaba para asuntos financieros.
La operación aparecía registrada como una inversión empresarial.
Pero yo nunca había autorizado semejante inversión.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Tomé capturas de pantalla.
Descargué los estados de cuenta.
Y guardé copias de los documentos.
A las once y media Andrew llegó a casa.
Tenía el rostro tenso.
—Hola, cariño.
Lo observé desde la sala.
—Hola.
Dejó las llaves sobre la mesa.
—Perdón por no llegar a tiempo.
Respiré profundamente.
—¿Mucho trabajo?
Andrew se quitó el saco.
—No tienes idea.
Lo miré.
—¿Pasó algo?
Negó rápidamente.
—Nada importante.
Sentí una tristeza profunda.
Incluso entonces seguía mintiéndome.
—¿Cenaste? —pregunté.
Andrew dudó.
—Comí algo en la oficina.
Lo observé durante varios segundos.
—Entiendo.
Se acercó para besarme.