Acepté clases particulares por las tardes.
Corregía exámenes por las noches.
Y aprendí a preparar comidas económicas que pudieran durar dos días sin que los niños se quejaran.
No siempre lo conseguía.
Hubo noches en las que me encerraba en el baño para llorar.
No quería que mis hijos me vieran desesperada.
Recuerdo especialmente una madrugada en la que Mateo tuvo una infección respiratoria.
Tenía una fiebre muy alta.
Daniel también estaba enfermo.
Los llevé a urgencias envueltos en cobijas.
Pasamos horas esperando atención.
Cuando finalmente regresamos a casa, amanecía.
Los dos dormían en el asiento trasero.
Yo estacioné el automóvil frente al edificio.
Apoyé la frente sobre el volante.
Y lloré de cansancio.
No tenía a quién llamar para decirle que necesitaba descansar una hora.
No había otro adulto esperando en casa para prepararles el desayuno.