Acompañando al hijo que había tenido con la mujer por la que nos abandonó.
Y lo más doloroso no fue encontrarlo.
Fue descubrir que podía mirar a Daniel y Mateo sin reconocer nada de sí mismo en ellos.
Aunque uno de los dos tenía prácticamente su mismo rostro.
Para entender lo que ocurrió aquella tarde, tengo que contar lo que pasó trece años antes.
Yo tenía veintiséis años cuando nacieron los gemelos.
Alejandro y yo llevábamos cuatro años casados.
Al principio creí que nuestro matrimonio era feliz.
Él trabajaba en una empresa de construcción.
Yo era maestra de secundaria.
Vivíamos en una casa pequeña de Monterrey y hablábamos constantemente de tener hijos.
Cuando descubrimos que esperaba gemelos, Alejandro pareció emocionado.
Compró dos pares de zapatitos.
Ayudó a pintar la habitación.
Y durante algunas semanas se comportó como el padre que yo había imaginado.