Alejandro permaneció en el pasillo.
No nos siguió.
Aquella tarde fuimos a una hamburguesería cerca del centro de Saltillo.
Daniel pidió una hamburguesa con queso.
Mateo pidió una doble con papas grandes.
Yo pedí lo mismo de siempre.
Tomamos fotografías.
Nos reímos.
Hablamos de las preguntas más difíciles de la competencia.
Daniel explicó cómo había resuelto un problema que casi lo hizo perder tiempo.
Mateo contó que durante una prueba estuvo convencido de haber cometido un error.
Después descubrió que su resultado era correcto.
Sus medallas estaban sobre la mesa.
Brillaban bajo las luces del restaurante.
En un momento, Mateo dejó de hablar.
Miró su hamburguesa.
Después me preguntó:
—Mamá, ¿estás triste por lo que pasó con él?
Pensé antes de responder.
—Me dolió verlos pasar por ese momento.
Daniel bajó la mirada.
—A mí me dio coraje que te hablara así.