TRECE AÑOS DESPUÉS DE ABANDONARME CON NUESTROS GEMELOS RECIÉN NACIDOS, MI EXESPOSO ME GRITÓ: «¿CÓMO TE ATREVES A VENIR AQUÍ?». NO RECONOCIÓ A LOS DOS MUCHACHOS QUE ESTABAN DETRÁS DE MÍ. MINUTOS DESPUÉS, CUANDO LOS LLAMARON AL ESCENARIO PARA RECIBIR DOS MEDALLAS DE ORO, SU ROSTRO CAMBIÓ POR COMPLETO.

Daniel asintió lentamente.

—Está bien.

Después respiró hondo.

—Tenemos que ir a nuestras salas.

Los acompañé hasta la entrada correspondiente.

Antes de separarnos, Mateo me abrazó.

—Deséanos suerte.

—No necesitan suerte. Se prepararon muchísimo.

Daniel sonrió.

—Pero un poquito de suerte no estaría mal.

Los abracé a los dos.

—Entonces toda la suerte del mundo.

Los vi alejarse por el pasillo.

Y me quedé allí varios segundos.

No podía dejar de pensar en la expresión de Daniel cuando dijo que su padre ni siquiera los había mirado.

Aquella frase me dolió más que cualquier insulto de Alejandro.

La competencia duró varias horas.

Los estudiantes resolvieron pruebas escritas.

Participaron en ejercicios prácticos.

Y presentaron soluciones frente a evaluadores.

Mientras esperaba, hablé con algunos padres.

Tomé café.

Revisé mi teléfono.

Y traté de no pensar demasiado en el encuentro del vestíbulo.

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