Porque no puedes reconocer de verdad a unos hijos a los que nunca te molestaste en conocer.
Me volví hacia los muchachos.
—Vamos. Nos toca registrarnos.
Daniel asintió.
Mateo miró brevemente a Alejandro.
Después caminó a mi lado.
No dijimos nada hasta llegar al otro extremo del vestíbulo.
Entonces Daniel preguntó en voz baja:
—Mamá, ¿ése era nuestro papá?
Me detuve.
Los miré.
—Sí.
Mateo bajó la mirada hacia su gafete.
—Pensé que se vería diferente.
No supe qué responder.
Daniel permaneció callado.
Después dijo:
—Ni siquiera nos miró.
Sentí un dolor profundo.
Quise abrazarlos.
Quise decirles que no importaba.
Pero habría sido mentira.
Claro que importaba.
Era su padre.
Y acababa de pasar junto a ellos sin reconocerlos.
—No tienen que hablar con él si no quieren —les dije.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Y si él quiere hablar con nosotros?
—Pueden decidirlo ustedes. No tienen que tomar ninguna decisión hoy.