Recordé nuestra cocina.
Los bebés llorando.
La maleta junto a la puerta.
Y la frase con la que se había despedido.
«Tú siempre has sabido cuidarlos».
Pero el hombre frente a mí ya no era el mismo de mis recuerdos.
O quizá sí lo era.
Sólo tenía más años.
A su lado estaba Patricia.
La reconocí inmediatamente.
Había visto fotografías de ella cuando descubrí la infidelidad.
Ahora llevaba un vestido elegante y sostenía un bolso de diseñador.
Junto a ambos estaba un muchacho de aproximadamente doce años.
Su uniforme tenía el escudo de una escuela privada.
Alejandro miró mi ropa.
Después mi bolsa.
Y finalmente mi rostro.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a la competencia.
Su expresión cambió.
—No me digas que me estuviste siguiendo.
Lo miré incrédula.
—¿Perdón?
Se acercó un poco.
Bajó la voz.