Los muchachos llevaban sus uniformes escolares.
Daniel repasaba algunas fórmulas.
Mateo escuchaba música con un audífono y miraba por la ventana.
Yo había preparado sándwiches, fruta y botellas de agua.
Antes de salir tomé una fotografía de los dos frente a nuestro automóvil.
—Mamá, ya tenemos como veinte fotos —protestó Daniel.
—Entonces ésta será la veintiuna.
Mateo pasó un brazo por los hombros de su hermano.
—Sonríe, genio.
Daniel puso los ojos en blanco.
Pero sonrió.
Cuando llegamos al centro de convenciones, el vestíbulo estaba lleno de familias.
Había estudiantes con uniformes de diferentes escuelas.
Maestros revisando documentos.
Padres tomando fotografías.
Y voluntarios indicando dónde debía registrarse cada participante.
Nos acercamos a la fila.
Yo buscaba los documentos dentro de mi bolsa cuando escuché una voz conocida.
—Elena.
Levanté la cabeza.
Alejandro estaba a pocos pasos.
Durante un segundo sentí que el tiempo retrocedía.