Y una vez convirtió nuestra mesa del comedor en un laboratorio improvisado para demostrar cómo se movía el agua entre recipientes.
Los dos eran diferentes.
Daniel era tranquilo y observador.
Mateo era más expresivo.
Le gustaba contar chistes.
Hacer preguntas.
Y hablar con cualquiera que estuviera dispuesto a escucharlo.
Pero compartían algo hermoso.
Se cuidaban mutuamente.
Cuando Daniel se enfermaba, Mateo llevaba sus libros hasta la cama.
Cuando Mateo tenía miedo antes de una exposición, Daniel practicaba con él hasta que se sintiera seguro.
Discutían, por supuesto.
A veces por la televisión.
O por quién había dejado los zapatos en medio de la sala.
Pero nunca se acostaban enojados durante mucho tiempo.
Yo no los crié para demostrarle nada a Alejandro.
Eso quiero dejarlo claro.
Nunca les dije que debían ser los mejores para que su padre se arrepintiera.