Lo observé sin responder.
Después subí al dormitorio.
Cerré la puerta y me senté en el borde de la cama.
Por primera vez aquella tarde, permití que la tristeza me alcanzara.
No lloré.
Simplemente miré mis manos y recordé cuántas veces había hecho algo por David porque lo quería, sin detenerme a pensar si él habría hecho lo mismo por mí.
Recordé las cenas que encontraba listas cuando volvía del trabajo.
Las compras que llegaban antes de que alguien notara que faltaba algo.
Los pequeños gastos familiares que yo asumía sin anunciarlo, precisamente porque me parecía desagradable convertir cada gesto en una demostración de superioridad.
Había confundido el silencio con la armonía.
Y, sin darme cuenta, había permitido que mis esfuerzos se volvieran invisibles.
Tomé mi teléfono.
Abrí la aplicación bancaria y fui directamente al apartado de tarjetas adicionales.