—¡Un momento, Chloe!
Me detuve.
Giré ligeramente la cabeza.
Mi suegra estaba de pie junto a su hijo.
Tenía los brazos cruzados y la expresión endurecida.
Parecía haber recuperado la seguridad que había perdido durante la conversación sobre el collar.
—No creas que puedes salirte con la tuya simplemente bloqueando unas tarjetas.
La observé sin responder.
—Mi hijo trabaja muy duro para mantener este estilo de vida —continuó—. Y tú deberías estar agradecida.
David permanecía a su lado.
No la corrigió.
No le recordó que aquella tarde yo había preguntado quién iba a pagar los gastos del hogar.
Tampoco explicó que había sido él quien me había ordenado ocuparme exclusivamente de mis propias necesidades.
Su silencio me dijo bastante.
—¿Has terminado, Evelyn? —pregunté.
Mi suegra abrió mucho los ojos, ofendida por mi tranquilidad.
—No. No he terminado.
Dio un paso hacia la mesa.