El otro levantó la cabeza de su cuaderno.
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Naomi cerró los ojos durante un instante.
—Frank, no puedo seguir aceptando…
El panadero hizo un gesto de resignación exagerada.
—Y yo no puedo seguir discutiendo con una profesora tan terca.
Los niños se echaron a reír.
Naomi también sonrió, aunque bajó la mirada casi de inmediato.
Preston pudo reconocer en aquella expresión dos sentimientos opuestos.
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Gratitud.
Y vergüenza.
La gratitud de alguien que recibía una ayuda que realmente necesitaba.
Y la vergüenza de no poder ofrecer a sus hijos algo tan sencillo sin depender de la generosidad de otra persona.
Preston retrocedió hacia la puerta.
Su primer impulso fue acercarse.
Podría haber pagado la comida.
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Podría haber comprado todo lo que había en la vitrina sin afectar de ninguna manera a su fortuna.
Pero aquello no habría resuelto la pregunta que acababa de abrirse dentro de él.