Y, sin embargo, para Naomi significaba tener que decidir cómo resolver una situación incómoda delante de dos niños.
Preston sintió una punzada de vergüenza.
No porque ella estuviera contando monedas.
Sino porque él sabía perfectamente cuánto dinero manejaba y qué clase de vida continuaba disfrutando su propia familia.
Mientras Naomi intentaba reunir lo necesario para alimentar a los pequeños, su madre vivía rodeada de lujos.
La comparación comenzó a perseguirlo antes incluso de comprender lo que estaba ocurriendo.
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El panadero levantó la cabeza.
Era un hombre mayor llamado Frank.
Su manera de hablar con Naomi dejaba claro que no era la primera vez que la atendía.
Miró brevemente las monedas y después fingió comprobar algo en la caja registradora.
—Vamos, Naomi, hoy tenemos una oferta especial. Los dos cruasanes son gratis.
Uno de los niños sonrió inmediatamente.