Y durante mucho tiempo yo intenté convencerme de que aquello era simplemente el precio de estar casada con un hombre tan ocupado.
Al principio de nuestro matrimonio, Marcus encontraba maneras de demostrarme que yo era importante.
Podía tener una jornada agotadora y, aun así, preguntarme cómo me encontraba.
A veces me llamaba durante un viaje solo para escuchar mi voz.
Otras regresaba tarde, se sentaba conmigo unos minutos y me contaba algo de su día.
Con los años, esas conversaciones fueron desapareciendo.
Los viajes se hicieron más frecuentes.
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Las cenas comenzaron a interrumpirse con llamadas de trabajo.
Y llegó un momento en que su presencia en casa parecía depender exclusivamente de lo que permitiera su agenda.
No había una discusión concreta que pudiera señalar como el principio del deterioro de nuestro matrimonio.
Había cientos de momentos pequeños.
Preguntas sin respuesta.