Aprendí a organizar rutinas alrededor de cuatro necesidades distintas.
A distinguir sus llantos.
A reconocer sus expresiones.
A comprender que, aunque sus rostros fueran extraordinariamente parecidos, sus personalidades no podían ser más diferentes.
Mason nació doce minutos antes que sus hermanos.
Cuando creció, empezó a tomarse aquella ventaja con una solemnidad que siempre me hacía sonreír.
Era observador, tranquilo y reflexivo.
Caleb era más impulsivo.
Tenía una energía enorme y conseguía transformar cualquier actividad doméstica en una aventura.
Asher era sensible y curioso.
Hacía preguntas que a veces me obligaban a detenerme y pensar antes de responder.
Liam disfrutaba encontrando explicaciones precisas y corrigiendo a sus hermanos cuando creía que estaban interpretando algo incorrectamente.
Los cuatro discutían.
Se reían.
Se apoyaban.
Y llenaban nuestra casa de una vida que nunca habría podido imaginar cuando me encontraba sola frente a aquella prueba de embarazo.