—Hoy no vamos a aprender a tirar a nadie —dije—. Vamos a aprender a parar. Si un compañero se equivoca, se le tiende la mano. Si alguien les grita que no merecen estar aquí, me buscan a mí o al maestro Kim. Y si alguna vez tienen miedo, el miedo no los hace débiles. Los avisa.
Hice con Jenkins el ejercicio de la caída. Esta vez él eligió cuándo levantarse. Nadie se rio. Cuando terminó, Khloe repitió el movimiento y se rio ella, de pura alegría, porque le salió limpio.
Al final de la hora los padres aplaudieron. Fue un aplauso breve, de gente que recoge mochilas, no de un estadio. A mí me bastó.
Daniel me esperó junto a las sillas con mi chaqueta en el brazo. La misma chaqueta que Khloe había apretado contra el pecho el día del puño.