Él asintió. No pidió más. Se marchó con las manos vacías, que era la forma más honesta en que podía irse.
Esa semana la placa no subió a una vitrina de gloria. La puse en el estante del salón, debajo de un dibujo de Khloe de cuando tenía ocho años: una mujer con los brazos abiertos y un sol torcido. Las medallas fueron a una caja transparente, visible, no escondida. Khloe pasó el dedo por el cristal el primer día y después dejó de tratarlas como un secreto.
Volví a la academia el jueves, no a combatir. Daniel me pidió una hora, una sola, con los cinturones blancos. Navarro había autorizado la visita en cuanto la queja murió. Acepté con una condición: nada de exhibiciones, nada de apodos en la puerta.
La colchoneta azul estaba igual. Jenkins se colocó el primero, serio. Khloe se puso a su lado con el cinturón blanco bien anudado. Los demás formaron una fila que ya no temblaba.