No abrí la carpeta todavía. Lo miré.
—Me dijiste que el médico había autorizado. Me vendaste. Me empujaste al túnel. Gané el primer asalto cojeando y perdí la rodilla en el tercero. Después vendiste la idea de que yo había sido imprudente. Dejaste que te odiara porque era más fácil que decir la verdad.
—Sí.
La palabra fue tan pequeña que Khloe parpadeó.
Adrian siguió, con la voz ronca.
—Hale me esperó en el hospital. No en la habitación. En el pasillo, donde las enfermeras no se detienen. Me mostró la hoja cambiada y me dijo que si yo hablaba, declararían que tú competiste a sabiendas y que yo falsifiqué el descanso para cobrar el pase. También dijo que la academia de Daniel, la que te formó a los diecinueve, aparecería como cómplice. Yo era un cobarde con una campeona rota y un amigo al que podían quitarle la vida entera. Elegí callar. Cada año que pasaba, el silencio se volvía más caro de romper.