La frase de Tyler quedó colgada en el aire de la oficina.
Khloe seguía en el pasillo, con mi chaqueta entre los brazos, lo bastante cerca para haber oído su nombre. Daniel cerró la puerta a medias. Yo no se lo permití del todo. Si alguien hablaba de mi hija, ella no iba a quedar del otro lado de un secreto.
—Entra —le dije—. Quédate a mi lado.
Khloe obedeció. Tenía los ojos hinchados de llorar y, aun así, la espalda recta. Miró a Tyler como se mira a un perro que ya mordió una vez.
—Repite lo que dijiste —pedí—. Despacio.
Tyler no tenía la sonrisa de la colchoneta. Se pasó la lengua por el labio partido de orgullo, no de sangre. Yo no le había hecho daño. Solo lo había puesto en el suelo las veces necesarias para que entendiera que gritar no era una técnica.