Yo también dejé de contar ciertas cosas.
Me cansaba repetir que no estaba mejor.
Me cansaba escuchar que debía mantenerme positiva.
Me cansaba sentir que mis noticias siempre obligaban a los demás a ponerse tristes.
Así que aprendí a decir que todo estaba bien.
Incluso cuando no era verdad.
Con los años, aquella respuesta se convirtió en una costumbre.
Y una costumbre puede acabar convirtiéndose en una distancia que nadie sabe cómo atravesar.
El médico volvió a preguntarme si estaba segura de poder regresar sola.
Le dije que sí.
No quería que llamara a nadie.
Todavía no.
Necesitaba escuchar mis propios pensamientos antes de enfrentarme al dolor de otras personas.
Recogí mis medicamentos.
Guardé los documentos médicos.
Me puse el abrigo.
Y salí del consultorio intentando caminar como si aquella fuera una tarde cualquiera.
En la calle, Nueva York seguía funcionando.