Aun así, aquella respuesta significaba algo.
En una tarde en la que había sentido que mi mundo se reducía a una habitación y a una fecha, una persona desconocida había interrumpido su propia vida para responderme.
Desbloqueé el teléfono.
La conversación se abrió.
El mensaje era breve.
«¿Estás sola?».
Leí la pregunta varias veces.
No sabía por qué aquellas dos palabras me conmovieron tanto.
Quizá porque era la primera pregunta que realmente necesitaba escuchar.
El médico había preguntado si alguien podía llevarme a casa.
Yo había contestado que no.
Pero nadie me había preguntado si estaba sola de verdad.
No solo físicamente.
Sola con mis pensamientos.
Sola con el miedo.
Sola intentando comprender qué se hace cuando de pronto la vida deja de medirse en años y empieza a medirse en días.
Miré alrededor de mi apartamento.