Podría haber pensado que no era asunto suyo.
Pero no hizo ninguna de esas cosas.
Abrió la conversación.
Mientras tanto, yo había empezado a quitarme el abrigo.
Me dolían los hombros.
El cansancio que me había acompañado durante años parecía especialmente intenso aquella tarde.
Dejé la prenda sobre una silla y volví a mirar el cuadro.
Pensé en acercarme a los pinceles.
Tal vez todavía podía completar una pequeña parte del agua antes de que se hiciera demasiado tarde.
Pero ni siquiera conseguía levantarme.
No era solo agotamiento físico.
La noticia del médico había convertido cada decisión en algo enorme.
Si me quedaban siete días, ¿cuántas horas debía dedicar a pintar?
¿Cuántas a dormir?
¿Cuántas a decir adiós?
Quise reírme de mí misma.
Incluso ante la posibilidad de morir, seguía intentando organizarlo todo como si una lista pudiera evitar que algo importante quedara pendiente.