Ella eligió los muebles.
Escogió las cortinas.
Puso fotografías de mi padre en el salón.
Y compró una planta enorme que casi no cabía junto a la ventana.
—Esta casa necesita algo vivo —dijo riendo.
Empezó a recibir visitas de sus amigas.
Volvió a preparar sus sopas.
Y retomó su pequeño grupo de ayuda a personas mayores.
Yo iba a verla casi todos los días.
A veces cenábamos juntas.
Otras veces simplemente nos sentábamos a mirar fotografías antiguas.
Un domingo, mientras tomábamos té, me preguntó:
—¿Sabes qué fue lo que más me dolió cuando me llevaste a la residencia?
Bajé la mirada.
—¿Qué, mamá?
—No fue marcharme de tu casa. Fue pensar que ya no querías tenerme cerca.
Sentí un nudo en la garganta.
—Nunca dejé de quererte.
—Lo sé. Pero a veces las personas están tan ocupadas intentando mantener su vida que olvidan mirar a quienes tienen delante.