Eleanor se volvió hacia ella.
—Jovencita, será mejor que guarde silencio.
Vanessa palideció.
Nunca había escuchado a Eleanor hablar con aquella firmeza.
La anciana volvió a mirarme.
—Emily, ¿tu padre sigue vivo?
Sentí que el corazón se me encogía.
—Murió hace dieciséis años.
Eleanor cerró los ojos.
—Dios mío…
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Sus labios comenzaron a temblar.
—Durante treinta años creí que Daniel había desaparecido porque nos odiaba.
Grant frunció el ceño.
—Abuela, ¿de qué estás hablando?
Eleanor miró a los invitados.
—Esta celebración ha terminado.
Un murmullo recorrió el salón.
Vanessa abrió la boca.
—¡Pero todavía falta el brindis!
—He dicho que ha terminado.
Nadie discutió.
Ni siquiera Grant.
Veinte minutos después estábamos reunidos en la biblioteca privada.
Grant permanecía junto a la chimenea.
Vanessa había insistido en acompañarnos, pero Eleanor le ordenó marcharse.