Daniel escondió el rostro entre las manos, dejando que las lágrimas cayeran libremente.
—Fui un idiota, Emily. Un maldito cobarde inmaduro —susurrĂł, levantando la vista hacia ella—. PasĂ© estos nueve años creyendo que el dinero y el Ă©xito profesional llenarĂan el vacĂo de la casa. Me volvĂ socio mayoritario de la firma, comprĂ© la casa grande que siempre soñamos en la colina… y cada noche llegaba a cenar solo a una mesa para ocho personas, preguntándome en quĂ© rincĂłn del mundo estarĂas. Nunca imaginĂ© que estuvieras pasando hambre con un hijo mĂo en brazos.
Noé estiró lentamente su mano y tocó el hombro de Daniel.—Papá… no llores. Mamá y yo estamos bien. Jugamos damas chinas por las tardes y me ayuda con mis maquetas de naves espaciales.
El contacto de esa pequeña mano fue como un rayo de luz en medio de la oscuridad para Daniel. Con el consentimiento silencioso de Emily reflejado en su mirada, Daniel tomó la mano de su hijo y la apretó con infinita delicadeza contra su mejilla.