—Son idénticos, campeón —respondió Daniel con la voz entrecortada, apoyando las manos sobre sus propias rodillas para no invadir su espacio—. Pero tú eres mucho más guapo de lo que yo fui jamás a tu edad.
Emily se cruzó de brazos junto al marco de la puerta de la cocina. La coraza de frialdad que había mantenido durante la última hora empezaba a resquebrajarse. Ver a Daniel de rodillas, con su traje impecable arrugado contra el piso desgastado de linóleo y los hombros temblando por el llanto contenido, le recordaba al hombre del que se había enamorado antes de que los celos, las presiones y las palabras crueles acabaran con su matrimonio.
—Noé nació con una malformación congénita en la columna —explicó Emily, rompiendo el silencio con un hilo de voz—. Las cirugías fueron carísimas. Trabajé turnos dobles en la clínica y luego cosiendo ropa por las noches. Cada vez que el dinero no alcanzaba y las medicinas se terminaban, estuve a punto de marcar a tu número… pero recordaba tus últimas palabras antes de que saliera por la puerta: «Lárgate, que sin ti mi vida va a ser mucho más fácil». Y no pude. Mi orgullo y mi miedo fueron más fuertes.