Dos días antes de casarme gané la lotería. Esa noche mi prometido quiso regalarle mi casa a su hermano

—Gracias por entenderlo.

Rachel regresó.

Me despedí.

Daniel dijo:

—Laura.

Me giré.

—Espero que seas feliz.

Sonreí.

—Lo soy.

Y era verdad.

No tenía pareja todavía.

Pero era feliz.

Aquello también había sido algo nuevo.

Durante años había pensado que felicidad romántica y felicidad eran casi sinónimos.

Ya no.

Tiempo después conocí a Nathan.

No en circunstancias dramáticas.

No me salvó.

No derramamos café uno sobre otro.

Nos presentó una amiga.

Nuestra primera cita fue agradable.

La segunda mejor.

La tercera terminó con una discusión sobre si una casa es una inversión o un hogar.

Cuando le conté que mi vivienda era heredada, respondió:

—Entonces supongo que nunca la venderías sin pensarlo muchísimo.

—Probablemente no.

—Tiene sentido.

Nada más.

Meses después, cuando la relación empezó a volverse seria, le conté toda la historia.

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