—Cuando me casé con el padre de Daniel, yo tenía ahorros propios.
No sabía aquello.
—Se los entregué.
Joyas.
Dinero.
Todo.
Porque mi madre me decía que una esposa no debe guardar nada separado.
Cuando nos divorciamos me quedé casi sin recursos.
La observé.
—Entonces sabía exactamente lo que podía significar perder el control sobre algo propio.
Sus ojos se humedecieron.
—Sí.
—Y quería que yo hiciera lo mismo.
—Sí.
Aquella respuesta me sorprendió más que cualquier explicación.
No intentó defenderse.
—¿Por qué?
Patricia tardó.
—Porque durante años me dije que lo que me pasó era normal.
La frase me alcanzó.
—Si admitía que estuvo mal, entonces tenía que admitir que permití muchas cosas que no debería haber permitido.
Respiró.
—Así que cuando te vi protegiendo tu casa, no vi una mujer haciendo lo correcto. Vi a una mujer negándose a hacer el sacrificio que yo había hecho.