—¿Sabes qué iba a hacer antes de que llegaras aquella noche?
No respondió.
—Compré el reloj que querías.
Silencio.
—Pensaba pagar el préstamo de tu coche después de casarnos.
Escuché cómo respiraba.
—Y probablemente habría ayudado a Kevin.
—Entonces…
—Probablemente.
Lo interrumpí.
—Con dinero que yo eligiera dar. No regalando una propiedad heredada.
Daniel permaneció callado.
—Esa era la diferencia que nunca entendiste.
—Puedo entenderla ahora.
—Me alegro.
—Entonces podemos…
—No.
—Laura.
—Aprender algo después de perderme no te da derecho a recuperarme.
Colgué.
No lloré.
Eso me sorprendió.
Tal vez porque por fin había escuchado la frase que cerraba la historia.
“Ese dinero habría sido nuestro.”
No era necesariamente una frase de codicia.
Quizá para Daniel representaba matrimonio.
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Nosotros.
Pero después de lo ocurrido yo ya sabía que su definición de “nuestro” se extendía demasiado rápido a lo mío y demasiado lentamente a mis límites.