Dos días antes de casarme gané la lotería. Esa noche mi prometido quiso regalarle mi casa a su hermano

Daniel siempre decía que eso no le importaba.

“Mientras tú seas mi esposa, no necesito que nada lleve mi nombre.”

Yo había creído aquella frase.

Por eso, al ganar, mi primer pensamiento fue compartir.

Pagaría el préstamo de su coche.

Invertiríamos.

Quizá más adelante compraríamos una vivienda más grande.

Pensé incluso en ayudar un poco a su hermano menor, Kevin, que también estaba preparando su boda.

No llamé a Daniel.

Quería ver su cara.

Compré un reloj que llevaba meses deseando, encargué un pastel y regresé a casa.

A las siete, Daniel llegó.

Pero detrás entraron su madre, Patricia, y Kevin.

Patricia ni siquiera se quitó los zapatos.

Recorrió mi salón, abrió el balcón y entró al dormitorio de invitados.

—Aquí cabe perfectamente una cuna.

Fruncí el ceño.

—¿Una cuna?

Kevin abrió mi refrigerador, sacó una bebida y señaló uno de mis cuadros.

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