Pero una tarde, cuando los niños tenían seis años, Mateo regresó de la escuela con la camisa rota.
Tenía los ojos hinchados de llorar.
—Mamá, ¿por qué somos diferentes?
Lucía dejó la olla que estaba lavando.
—¿Quién te dijo eso?
—Un niño dijo que nuestro papá nos abandonó porque somos feos. Que nuestra piel está mal.
Los otros cuatro hermanos permanecieron junto a la puerta.
Todos habían escuchado.
Lucía sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
Se arrodilló frente a ellos y les tomó las manos.
—Escúchenme bien, mis amores. No hay nada malo en su piel, ni en su cabello, ni en sus rostros. Ustedes son hermosos exactamente como nacieron.
—Entonces, ¿por qué papá no nos quiso? —preguntó Samuel.
Aquella pregunta fue más dolorosa que todos los insultos que Alejandro le había gritado en el hospital.