Alejandro los visitaba ocasionalmente, siempre que ellos lo aceptaban.
La relación avanzaba despacio.
Había conversaciones incómodas.
Silencios.
Preguntas sin respuestas.
Y heridas que quizá nunca desaparecerían por completo.
Lucía jamás regresó con Alejandro.
Cuando alguien le preguntó por qué, respondió con serenidad:
—Perdonar no significa volver al lugar donde te lastimaron. A veces significa dejar de cargar el dolor y seguir adelante.
En su cumpleaños número cincuenta y ocho, sus hijos organizaron una celebración en el jardín de la casa.
Había flores, música, comida veracruzana y una enorme mesa donde se reunieron amigos y familiares.
Samuel llevó una caja envuelta en papel azul.
—Tenemos un regalo para ti, mamá.
Lucía la abrió.
Dentro había una fotografía enmarcada.
Mostraba a cinco bebés recién nacidos, acostados uno junto al otro en el hospital de Polanco.