La declaración provocó una enorme reacción.
Algunos lo criticaron duramente.
Otros consideraron valioso que finalmente reconociera su responsabilidad.
Pero Lucía no participó en la discusión.
Había pasado demasiados años intentando sobrevivir como para dedicar el resto de su vida a la opinión de desconocidos.
Sin embargo, ocurrió algo que nadie esperaba.
Alejandro decidió crear un fondo para financiar estudios y atención médica de niños de familias vulnerables.
Lo llamó Fundación Jacinta Salgado, en honor a la antepasada cuya historia había sido ocultada.
Los cinco hermanos aceptaron asesorar el proyecto, pero establecieron una condición: tendría una administración independiente, cuentas transparentes y no podría utilizarse para limpiar la imagen personal de su padre.
Alejandro aceptó.
Por primera vez en su vida, estaba aprendiendo a hacer algo sin esperar admiración a cambio.
Seis meses después, durante la inauguración de una clínica comunitaria en Veracruz, ocurrió el momento más inesperado de toda la historia.