Entonces Daniel mencionó algo que ninguno había considerado seriamente.
—Podemos hacernos una prueba de ADN.
Lucía guardó silencio.
Por primera vez en treinta años, el pasado parecía estar llamando nuevamente a su puerta.
Mientras tanto, en una enorme residencia de Las Lomas de Chapultepec, Alejandro Montoya vivía rodeado de lujos y de una soledad que ningún dinero podía aliviar.
Tenía sesenta y cinco años.
Su segundo matrimonio había terminado en divorcio.
No había tenido más hijos.
Su fortuna, construida mediante empresas inmobiliarias y negocios de importación, estaba valorada en cientos de millones de pesos.
Pero durante los últimos años había comenzado a padecer problemas cardíacos.
Los médicos le recomendaron reducir el estrés.
Alejandro pasaba las tardes mirando fotografías antiguas.
Entre ellas había una imagen de Lucía cuando estaba embarazada.