Mi sobrino estaba feliz.
Corría de un lado a otro.
Reía.
Jugaba.
Por primera vez desde la muerte de Judy, parecía disfrutar su cumpleaños sin sentirse culpable por estar contento.
Aquella noche, después de que todos se fueron, Bruce se sentó junto a mí.
—Tía Claire…
—¿Sí, cariño?
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
Miró sus manos.
—¿Todavía estás triste porque no te casaste con Douglas?
Lo pensé.
—A veces estoy triste por lo que pasó.
Bruce bajó la mirada.
—¿Fue por mi culpa?
Sentí que el corazón se me rompía.
—No.
Me arrodillé frente a él.
—Bruce, escúchame muy bien.
Le tomé las manos.
—Tú no arruinaste mi boda.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pero yo no entregué los anillos.
—Y gracias a eso pude conocer una verdad que necesitaba saber.
Bruce empezó a llorar.
—Pensé que te ibas a enojar conmigo.