—¡Policía!
Ricardo giró la cabeza.
Su rostro perdió el color.
Y por primera vez aquella noche, yo pude respirar.
—Ya es demasiado tarde, Ricardo.
La siguiente hora pareció durar una eternidad.
Los paramédicos entraron a la casa y revisaron a Sofía mientras dos agentes nos separaban.
Mi hija estaba despierta, pero muy decaída.
El equipo médico decidió trasladarla al hospital inmediatamente.
Ricardo intentó intervenir.
—Está bien. Mi esposa está sufriendo una crisis nerviosa.
Una agente de nombre Patricia Mendoza lo observó con atención.
—Señor, los médicos determinarán el estado de la niña.
—Soy su padre.
—Y ella es una menor que necesita atención.
Ricardo abrió la boca.
Después se quedó callado.
Subí a la ambulancia junto a Sofía.
Antes de que cerraran las puertas, vi a mi esposo debajo de la luz del porche, hablando por teléfono.