Necesitábamos paz.
Mi tía Teresa me ayudó a encontrar una vivienda más pequeña, cerca de un parque tranquilo.
Tenía jardín.
Un columpio en el porche.
Y una habitación con espacio suficiente para los libros y muñecos de Sofía.
El día de la mudanza, mi hija se quedó parada en la entrada abrazando su conejo.
—¿De verdad ésta es nuestra casa?
—Sí, corazón.
—¿Nadie puede obligarnos a irnos?
Me arrodillé frente a ella.
—Éste es nuestro hogar.
Lo pensó unos segundos.
Después corrió hacia la ventana.
—¡Mami! ¡Hay un árbol afuera de mi cuarto!
Me reí.
Por primera vez en meses, aquella risa salió naturalmente.
La recuperación no ocurrió de golpe.
Sofía todavía tenía pesadillas.
A veces se asustaba cuando un automóvil se detenía inesperadamente.
Se ponía nerviosa cerca de adultos desconocidos.