No contesté.
Después llegaron los mensajes.
«Elena, estás destruyendo nuestra familia».
«No tienes idea de lo que acabas de hacer».
«Contéstame. Puedo explicarlo todo».
El último mensaje llegó a las ocho cuarenta y seis.
«Piensa bien en lo que puede pasarle a Sofía si sigues hablando».
Lo envié inmediatamente a Patricia.
Veinte minutos después llegó otro.
«Nunca quise que la lastimaran».
Me quedé mirando aquellas palabras.
No había escrito que él no le había hecho daño.
Tampoco que desconociera lo ocurrido.
Había escrito que nunca quiso que la lastimaran.
Aquella diferencia me heló la sangre.
Poco después recibí una llamada de un número desconocido.
Consulté con la investigadora antes de responder y me indicó que evitara una conversación prolongada y conservara cualquier comunicación.
Contesté.
—¿Bueno?
Una voz femenina habló.
—¿Elena?
—¿Quién habla?
—Verónica.
El corazón me dio un vuelco.