Me sostuvo con fuerza.
—Ahora estás buscando protegerla.
Cuando le expliqué lo sucedido, palideció.
Después su expresión se endureció.
—Ricardo siempre quiso controlar todo. Pero nunca imaginé algo así.
Yo tampoco.
Eso era lo que más dolía.
Había confundido el control con protección.
Cuando Ricardo se quejaba de que mis amigas visitaban demasiado la casa, decía que quería privacidad familiar.
Cuando me desanimó de seguir trabajando de tiempo completo, aseguró que Sofía necesitaba a su madre.
Cuando insistió en administrar nuestras cuentas, dijo que quería quitarme preocupaciones.
Cada renuncia parecía pequeña por separado.
Juntas habían construido una jaula.
Y yo no había reconocido los barrotes.
Mi tía se sentó a mi lado.
—¿Ya hablaste con el abogado de tu papá?
Negué.
—Tienes que hacerlo.
Se llamaba Ernesto Villalobos.
Había conocido a mi padre durante casi treinta años y participado en la creación del fideicomiso.