La habitación parecía demasiado brillante.
Demasiado expuesta.
Demasiado humillante.
Entonces comprendió algo.
Aquello no era una discusión familiar.
No era un desacuerdo entre nuera y suegra.
Era una agresión.
Una agresión disfrazada de tradición.
El ruido había despertado a Daniel.
Apareció en la puerta usando el pijama de seda que Mariana le había regalado por Navidad.
Miró el cabello.
Miró a su madre.
Miró la franja afeitada sobre la cabeza de Mariana.
Y Mariana lo miró a él.
Con la última parte de confianza que aún conservaba.
—Di algo —susurró—. Tu madre me atacó mientras dormía.
Daniel suspiró.
Simplemente suspiró.
No se sorprendió.
No preguntó qué demonios estaba pasando.
No se enfureció.
Solo caminó hacia Eleanor, tomó la máquina y la dejó sobre la cómoda como si el verdadero problema hubiera sido el ruido.
—Mamá se pasó un poco —dijo finalmente—. Pero tienes que admitir que tú provocaste esto.