EL NOVIO DE MI MADRE DE 72 AÑOS SIEMPRE SE IBA ANTES DE LAS 7:30 DE LA NOCHE, Y TODOS CREÍAMOS QUE TENÍA OTRA MUJER. PERO UNA NOCHE MI HIJA DE 15 AÑOS LO SIGUIÓ Y REGRESÓ LLORANDO, CON SU VIEJO MALETÍN ENTRE LOS BRAZOS. CUANDO LO ABRIMOS, MI MADRE SE LLEVÓ LAS MANOS A LA BOCA. ENTONCES MI HIJA SUSURRÓ: «ABUELITA, ESO NO ES LO PEOR. VI A QUIÉN LE LLEVA ESTAS COSAS TODAS LAS NOCHES».

—¡Abuelita, pareces artista de televisión!

Mi madre soltó una carcajada.

Yo sentí un nudo en la garganta.

Hacía mucho tiempo que no la veía tan feliz.

Cuando conocimos a Roberto, me cayó bien.

No era presumido.

No hablaba demasiado de sí mismo.

Y nunca intentó ocupar el lugar de mi padre.

Se dirigía a mi madre con una ternura que me conmovía.

Si ella se levantaba de la mesa, él apartaba suavemente la silla.

Si hacía frío, le acercaba su suéter.

Una vez descubrió que el barandal del porche estaba flojo y regresó al día siguiente con herramientas para repararlo.

También trataba muy bien a Camila.

Le preguntaba por la escuela.

Escuchaba sus historias.

Y cuando supo que quería estudiar medicina, le regaló un libro ilustrado sobre el cuerpo humano.

—Para la futura doctora de la familia —le dijo.

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