Las esquinas estaban todavía más desgastadas.
Algunas páginas habían sido reparadas con cinta transparente.
Pero seguía siendo su tesoro.
—¡Hora del cuento! —anunció.
Roberto dejó su taza.
Mi madre se levantó.
Camila tomó una cobija.
Y todos caminamos hacia la habitación amarilla.
Lucía se acomodó en la cama.
Roberto abrió el libro.
Sonrió.
Y comenzó con las palabras que habían acompañado a su nieta durante las noches más difíciles de su vida:
—Hasta la luz más pequeña puede mostrarte el camino de regreso a casa.
Lucía las repitió con él.
Mi madre apoyó la cabeza sobre el hombro de Roberto.
Y yo sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Mi hija había seguido a un hombre en la oscuridad porque pensaba que estaba descubriendo una traición.
Regresó llorando, convencida de que traía una noticia terrible.