Roberto ya no necesita marcharse antes de las siete y media.
No mira el reloj con angustia.
No inventa excusas.
No se apresura a recoger su maletín.
Porque Lucía está allí.
En su habitación amarilla.
Con sus peluches.
Sus dibujos.
Y la pequeña biblioteca que construyó su abuelo.
Cada noche alguien le lee el mismo cuento antes de dormir.
A veces Roberto.
A veces mi madre.
En ocasiones Camila.
Y cuando todos estamos reunidos, nos turnamos para hacer las voces de los personajes.
Lucía sigue pidiendo la historia del dragón.
Aunque ya conoce cada palabra.
Aunque podría contarla ella misma.
Porque para ella nunca se trató solamente del cuento.
Se trataba de saber que alguien estaría allí.
Hace unos días visité a mi madre.
La encontré sentada en el jardín.
Roberto estaba arreglando una maceta.
Lucía jugaba cerca de los rosales.