Un hombre que miraba su reloj.
Un maletín viejo.
Una despedida apresurada.
Y una familia convencida de que estaba siendo engañada.
Nunca imaginamos que aquel maletín contenía el mundo entero de una niña.
Sus dibujos.
Su gorrito.
Su pulsera de hospital.
Su cuento favorito.
Y la promesa de un abuelo que había decidido no abandonarla jamás.
Camila sigue siendo la persona favorita de Lucía para inventar historias.
Se llevan como hermanas mayores y menores.
Mi hija continúa diciendo que tiene la mejor voz de dragón del mundo.
Roberto insiste en que todavía puede superarla.
Lucía siempre decide quién gana.
Y casi nunca elige a su abuelo.
Mi madre disfruta cada segundo.
A veces los observa desde la puerta de la cocina con una sonrisa que no le había visto desde hacía muchos años.
La casa que antes parecía demasiado grande para una mujer sola ahora está llena de juguetes, libros, risas y pequeños zapatos junto a la entrada.