Eligió un vestido color crema.
Cómodo.
Con pequeños bordados de flores.
Roberto llevaba una camisa blanca y pantalones claros.
Parecían dos personas que no necesitaban demostrarle nada al mundo.
Solamente querían compartir la vida que habían encontrado.
Lucía fue la encargada de llevar los anillos.
Caminó lentamente entre las sillas.
Sonreía tanto que parecía imposible que aquella fuera la misma niña que habíamos conocido en una cama de hospital.
Cuando Roberto comenzó a decir sus votos, Lucía hizo un rugido de dragón.
Todos soltamos una carcajada.
Él se volvió.
—¡Lucía!
La niña levantó los hombros.
—¡Fue Camila quien me enseñó!
Camila fingió no saber de qué hablaban.
Mi madre se rio hasta llorar.
Y aquella boda se convirtió en uno de los recuerdos más hermosos de nuestra familia.
Hoy, cuando pienso en todo lo ocurrido, todavía me sorprende la forma en que comenzó.