Dentro había un anillo sencillo.
—Cuando te conocí, pensé que mi vida ya no tenía espacio para algo nuevo.
Su voz se quebró.
—Pero tú llegaste y me enseñaste que el amor no se acaba cuando sufrimos una pérdida.
Mi madre comenzó a llorar.
—Roberto…
—Me ayudaste a cuidar a Lucía. Me acompañaste en mis peores noches. Y nunca me pediste que eligiera entre ella y tú.
Respiró profundamente.
—¿Quieres casarte conmigo?
Mi madre no lo dejó terminar de extender el anillo.
Lo abrazó.
—Claro que sí, viejo terco.
La boda fue pequeña.
La celebramos en el jardín de mi madre.
Había doce invitados.
Flores blancas.
Un pastel sencillo.
Y una niña de siete años que insistió en llevar una corona de margaritas.
Mi madre no utilizó el vestido rojo que había comprado cuando comenzó a salir con Roberto.