Roberto había pensado llevarla a su vivienda.
Sin embargo, mi madre tenía otros planes.
Una tarde nos reunió a todos.
—Ya decidí algo —anunció.
Roberto levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Lucía va a vivir aquí.
Él se quedó inmóvil.
—Elena…
Mi madre señaló el pasillo.
—La habitación del fondo recibe mucho sol. Ya hablé con Mariana para comprar pintura.
Lucía abrió los ojos.
—¿Amarilla?
Mi madre sonrió.
—Del amarillo más fuerte que encontremos.
La niña soltó un grito de alegría.
Roberto se cubrió el rostro.
Y comenzó a llorar.
Durante varios días trabajamos en la habitación.
Camila pintó estrellas en una pared.
Mi tía Rosa cosió unas cortinas blancas.
Yo armé una pequeña biblioteca.
Roberto construyó una repisa de madera para los cuentos.
Y mi madre llenó el cuarto de flores de papel.
Cuando Lucía entró por primera vez, se quedó inmóvil.